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Los políticos son siempre lo mismo. Prometen construir un puente aunque no haya río.

(Nikita Jruschov)

Un intimo amigo me confesaba que desde su humilde posición de ciudadano de la calle (home del carrer, como decimos en mi país) siempre ha dudado de aquello que nos vendían como el Proyecto Europa. Es decir, siempre ha mantenido un escepticismo contenido al respecto. Sus dudas se fundamentaban en la más pura observación empírica de la realidad. Me decía, si miramos un mapa de Europa, de esos que tienen las escuelas ¿qué vemos? Pues un montón de países, vecinos unos con los otros, dentro de un gran edificio que es el continente europeo. Gráficamente se le antojaba como una gran Comunidad de Vecinos-Propietarios. Cada uno en su casa (territorio), con su propio idioma (todos distintos), con su propia cultura (todas diferentes), con sus propios intereses (aquí tal vez alguna coincidencia puntual y temporal, aunque normalmente contrapuestos) e intentando cada uno “barrer hacia su casa” a fin de mantenerla lo más lustrosa y boyante posible.

Y continuaba diciendo, ¿qué nos prometían si nos apuntábamos al EuroClub? Pues por un lado un gran mercado de 500 millones de ciudadanos que dispondrían de un alto nivel de vida, con libertad de movimientos de mercancías, capitales, servicios y personas, con supresión de barreras internas, con un arancel común y con algunas otras políticas comunes. Y por el otro lado, nos prometían un entorno macroeconómico estable, es decir, baja inflación, tipos de cambio relativamente controlados, tipos de interés reducidos, etc. etc.

Ah, que fatal trampa! Los tipos de interés bajaron y el crédito fue abundante, el dinero fluyó alegremente desde los países tradicionalmente ahorradores (norte) hacia los manirrotos (sur). ¿Resultado? Burbujas inmobiliarias, crecimiento de sectores de bajo valor añadido, creación de un espejismo de estado de bienestar insostenible, desvío de fondos hacia inversiones de dudosa rentabilidad, endeudamiento privado a niveles estratosféricos, incremento acelerado de los costes laborales, inmediata pérdida de competitividad, euforia descontrolada. España iba bien !!!!

Hoy, después de más de un lustro de calvario y crisis parece que ese intimo amigo tenía razón pues parece que está más que claro que los que tomaron la decisión  de crear la Unión Económica y Monetaria se equivocaron, porque no tomaron las precauciones para que el proyecto no descarrilase, no mesuraron adecuadamente los riesgos a los que se enfrentaban. Hasta la misma Alemania incumplió, en su momento, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento para restringir el déficit público. En algunas zonas se generó una grave crisis de liquidez que se convirtió en una de insolvencia. La posibilidad de una crisis financiera no figuraba en el guión del Proyecto !!! Como tampoco figuraban los mecanismos de prevención de contagio.

¿Y ahora qué? Hoy, Europa no es una unidad cultural. No hay acuerdo sobre el diagnóstico de la situación actual como tampoco lo hay sobre los posibles remedios a aplicar. Y menos sobre el futuro. Europa es, por el momento, un conglomerado de países (¿comunidad de vecinos?) que mantienen sus culturas y un alto grado de autonomía. Los ciudadanos de ese conglomerado no parecemos muy dispuestos a sacrificarnos mucho más por eso que le llaman Europa. Tampoco los políticos tienen proyectos ni líderes capaces de movilizar, motivar, ilusionar a la ciudadanía. Ante este panorama, concluía mi amigo,  tal vez sea prudente barrer para casa y apostar por proyectos nacionales audaces, innovadores. Proyectos de futuro para las generaciones de nuestros hijos. No lo dudemos: la decisión es sólo nuestra.

Texto de referencia: “Europa … ¿a dónde vas?” del Profesor Antonio Argandoña.

Imàgenes: autoria y propiedad de F. Ibañez