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 Cuanto más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje.

Aldous Huxley

Es del dominio público que los gobiernos tienen un débil papel en el diseño de las políticas de importancia real. La economía la diseñan los empresarios, los empleados y sus familias, los consumidores, los ahorradores, los inversores, los funcionarios y un poco también los gobernantes. En el caso de Europa no son los gobiernos de los estados los que diseñan la economía. Lo hacen la Troica formada por el Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea (CE). El Presidente de la Comisión, como ya ha quedado sobradamente demostrado, no dirige realmente la Unión Europea (UE) como tampoco lo hacen sus diputados. La dirección la ejercitan los poderes reales de Europa. Unos poderes, ciertamente opacos, que agrupan en primer lugar a los antes mencionados BCE, FMI y CE. Y a los que acompañan el estado más poderoso de la UE (el de la Sra. Merkel) con sus intereses particulares, el numeroso grupo de funcionarios-eurócartas como gran grupo de presión y, por supuesto, la multitud de lobbies que deambulan pro Bruselas.

Así las cosas no es de extrañar que en el seno de la “sociedad europea” crezcan escepticismos bien sea por desinformación o por simple ignorancia. Es natural, al ciudadano de a pie de muchos de los países miembros le suena demasiado lejano el discurso de unos y otros.  Es cierto que en Europa vivimos ahora el mayor período de tiempo sin guerras entre países. Y que precisamente para conjurar la guerra se construyó la Europa mercantil que ahora tenemos. Pero por otra parte no hay ningún atisbo de avance hacia una unión que supere a la actual comunidad de vecinos en la que han convertido a Europa. Una comunidad de vecinos de distintas culturas, distintas lenguas, distintas riquezas, distintas situaciones, distintas problemáticas, y en la que constantemente unos intentan sacar partido de la situación frente a los otros.

En fin, el proceso sigue. Crucemos los dedos y esperemos que en el futuro alguien se de cuenta de que el camino escogido se está apartando demasiado del camino correcto.

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