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La política es la conducción de los asuntos públicos para el provecho de los particulares.

(Amabrose Bierce)

No han pasado ni los consabidos cien días en la nueva alcaldía de Barcelona y ya las actitudes y actuaciones de la nueva alcaldesa sorprenden a propios y extraños. Una de sus primeras actuaciones “oficiales” fue la de enfundarse en una camiseta reivindicativa e irse a manifestar con trabajadores subcontratados de una gran empresa. Otra más ha sido la de lucir camiseta anti hipotecas y presentarse en un acto de desahucio. Por no mencionar sus declaraciones insinuadoras sobre  la Guardia Urbana, policía local de la ciudad, que han sembrado serias dudas en el propio cuerpo y en la mayoría de ciudadanos. O las vertidas sobre proyectos de inversión en la ciudad. Alguien debería decirle que la estética es muy importante.

Sin embargo, todo ello no merecería mayor atención que el simple comentario sobre dichas actuaciones, que podríamos calificar de folclóricas, si no fuese porque algunas de las últimas decisiones si que se enmarcan en lo debiera ser la seriedad de actuación de un cargo público. Hago referencia a las contrataciones “a dedo” de la pareja sentimental de la Colau (alcaldesa) por parte del “partido” al que pertenecen y  la contratación “también a dedo” de la pareja del primer teniente de alcalde (Pisarello) por parte del Ayuntamiento de Barcelona. Poco que decir ante el primer caso, aunque seria bueno saber de donde salen los fondos para sufragar esa nómina. Pero mucho que decir acerca de la segunda contratación que, esa si, va a cargo del bolsillo del ciudadano.

Una ciudadana a la que apenas votaron un 15% de los electores, y que por la especial idiosincracia del sistema electoral se encuentra con la vara de alcalde en las manos debería saber a cuanto obliga la ética de ese cargo. Una ciudadana cuyo principal lema de campaña fue el de derrotar al anterior alcalde junto con alguna pincelada de intención de cambio en la manera de hacer municipal, se deja arrastrar por la falta de ética en beneficio de sus allegados. Situación que recuerda lo otrora ocurrido con los sospechosos casos de ilustres apellidos: Maragall (Pasqual i Ernest), Nadal (Joaquim y Manuel), Carod-Rovira (Josep Lluís i Apel.les) Aznar (José Maria y su esposa Ana Botella), los Pujol (Jordi y sus hijos) y tantos otros.

Pero lo peor es el mensaje que la actual alcaldesa de Barcelona transmite con esas decisiones. El mensaje de si se puede, si podemos, nosotros también podemos colocar a los nuestros. Mensaje que legitima la deleznable utilización del poder en beneficio de propios y allegados. Mensaje que alimenta el nepotismo, el favoritismo, el clientelismo, la corrupción. Un mensaje que denigra la actividad política y que infunde, en el ciudadano medio, la creencia de que al fin y al cabo uno debe aprovecharse del efímero poder, como otros lo hicieron. ¿Y porque yo no? ¿Por cierto, qué hay de lo mío?

Es necesario erradicar esas actuaciones si queremos ser una sociedad moderna y avanzada. Y la tarea es nuestra, de los ciudadanos que aún creemos en que la honestidad es una garantía del buen hacer.

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