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“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.”
(William Shakespeare)

Entre los años 1870 y 1970 la segunda revolución industrial en los Estados Unidos cambió todos los campos de la economía y las formas de vida de los ciudadanos. En algunas décadas los grandes descubrimientos ofrecieron a los norteamericanos el acceso al agua corriente en sus casas, a la electricidad o al teléfono. El automóvil representó la revolución en el transporte y los fulgurantes avances de la medicina permitieron alargar la esperanza de vida. Estos cambios estuvieron acompañados de un alto incremento de la productividad per capita y de elevadas tasas de crecimiento económico. En las décadas posteriores, aunque se continuaron produciendo innovaciones los factores que miden el crecimiento en relación al progreso tecnológico se debilitaron.

La tercera revolución industrial, la de las TIC, no ha significado un cambio tan drástico en el comportamiento de la sociedad comparada con sus predecesoras. De hecho su impacto ha sido sobre sectores que apenas representan el 7% del PIB de los USA. Los robots entraron hace cerca de cincuenta años en las cadenas de montaje del  sector del automóvil. Pero la economía ha tenido tiempo de adaptarse. Aparecieron nuevos empleos que sustituyeron a aquellos que fueron destruidos por el progreso tecnológico.

Hoy en día el aumento de las desigualdades y las tensiones a la baja  de los salarios son causas que provocan que para las jóvenes generaciones se desvanezca la posibilidad de tener un nivel de vida superior al de sus progenitores como ha venido ocurriendo en el siglo XX. Y ello es debido al fenómeno de estancamiento (secular stagnation) en el que la debilidad de la economía, el descenso de crecimiento demográfico, el envejecimiento y el progreso tecnológico, conducen a un periodo de actividad económica anémica. (Un dato: en la actualidad el 55% de la población española tiene entre 40 y 65 años). Lo cual tendrá consecuencias en las políticas económicas. Por la parte monetaria será necesario habituarse a unos tipos de interés estructuralmente bajos. Mientras que por el lado presupuestario el descenso de los salarios y el envejecimiento de la población se traducirán en una disminución de los ingresos fiscales y en una fuerte presión al alza de los gastos sociales y de las pensiones. Lo que implicará un incremento de la deuda pública o bien un incremento de los impuestos y una disminución de las prestaciones sociales.

De acuerdo con estas reflexiones del profesor Gordon y con los datos que hoy nos indican la ralentización tanto de los países desarrollados como de los emergentes, tal vez debamos empezar a tomarnos en serio el que la edad de oro del crecimiento ya forma parte del pasado.

Fuente: “The Rise and Fall of American Growth”. Robert J. Gordon. Princeton University Press.

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