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“El futuro está oculto detrás de los hombres y mujeres que lo hacen.”
(Anatole France (1844-1924) Escritor francés).

La historia nos enseña que los últimos cuatrocientos años de la historia mundial han sido los siglos del “estado-nación occidental”. Fue la amenaza española, con su campaña para el dominio de Europa en el siglo XVI, lo que motivó al político y abogado francés Jean Bodin a definir el estado-nación y sus instituciones: un funcionariado controlado desde el centro, el control central de las fuerzas armadas, un ejército regular comandado por soldados profesionales, el control central de la acuñación de moneda, de los impuestos y de los derechos de aduana, un cuerpo judicial nombrado por el gobierno central. El estado nación fue diseñado para proteger tanto la vida y la libertad del ciudadano como su propiedad contra los actos arbitrarios del soberano, de la autoridad central.

En el siglo XIX es estado-nación había triunfado en todas partes. Sin embargo, en el siglo XX ese estado-nación se había convertido en el “megaestado”. En él se considera que un ciudadano sólo puede conservar su propiedad a juicio del recaudador de impuestos. Dicho de otra forma, el megaestado afirma que los ciudadanos tienen sólo lo que el estado les permite conservar.

El primer paso hacia el megaestado fue la creación del “Estado del Bienestar” por parte de Bismarck, como contrapunto al crecimiento del movimiento socialista de la época. Bismarck convirtió el gobierno central en una suerte de “organismo social” (medidas de asistencia social, seguro de enfermedad, seguro de accidentes laborales, seguro de enfermedad, pensiones para la vejez, seguro de desempleo). A finales del siglo XIX el megaestado se convierte en el “señor de la economía”. Empieza la regulación de los servicios y la propiedad de éstos por parte del megaestado (ferrocarril, energía eléctrica, teléfono, gas, distribución del agua, ..).

Ya en el siglo XX estado-nación y megaestado quedan anticuados. Aparecen organismos transnacionales con soberanía propia. Por otra parte dinero e información se convierten en transnacionales. El dinero no tiene patria por lo que no puede ser controlado por los estados nacionales. Y lo mismo sucede con la información para la que las fronteras han dejado de existir.

Con todo ello ha aparecido el regionalismo como exponente máximo del internacionalismo. El regionalismo no crea un superestado sino que crea organismos de gobierno regionales que funcionan de forma paralela al gobierno nacional en importantes áreas y ello hace que el gobierno nacional sea cada vez más irrelevante.

Unos ejemplos claros de regionalismo lo encontramos en la “Región Báltica” (Lituania, Letonia y Estonia), en la “Región Nórdica” (Finlandia, Noruega, Suecia), la “Región del sudeste Asiático” (Malaisia, Singapur, Indonesia, Filipinas, Tailandia). Hay quien dice que el regionalismo es irreversible e inevitable, pues responde a una nueva realidad económica. La realidad de la alta tecnología y la industria del saber. Industrias en las que los costes de producción bajan rápidamente según sube el volumen de producción.

Peter F. Drucker sugiere que el internacionalismo y el regionalismo retan al estado-nación desde fuera. Mientras que un nuevo concepto, el tribalismo, lo reta desde el interior. Y una razón para la tendencia hacia ese tribalismo es que lo grande ya no otorga muchas ventajas. Con el dinero y la información convertidos en transnacionales, incluso unidades/regiones/países muy pequeños son hoy económicamente viables. Sea grande o pequeño, todo el mundo tiene igual acceso al dinero y a la información y bajo los mismos términos.

En realidad, los verdaderos éxitos de los últimos decenios lo han sido de países muy pequeños. Austria pasó de ser un residuo del imperio Austrohúngaro a ser uno de los países más prósperos de Europa. Casos similares lo son Finlandia, Suecia, Suiza, Hong Kong o Singapur.

Sin olvidar a los cuatro motores de Europa (según el tratado firmado en septiembre de 1988 en Estocolmo), es decir, las regiones de Rhône-Alpes, Lombardía, Catalunya y Baden-Württemberg. A las que cabría añadir las regiones de Gales, Flandes, Baviera y Île de France.

Un país pequeño puede ahora unirse a una región económica y conseguir lo mejor de dos mundos: independencia cultural y política e integración económica.

Y la principal razón del tribalismo no radica en la política o en la economía, la principal razón es existencial. Las personas, los ciudadanos, necesitan raíces en un mundo transnacional, necesitan una comunidad. Las personas necesitan definirse en términos que puedan comprender, necesitan una comunidad geográfica, lingüística, religiosa, cultural, que pueda ver y abarcar con los brazos.

Internacionalismo, regionalismo, tribalismo están tejiendo una nueva organización política, una nueva y compleja estructura política sin precedentes anteriores.

El profesor Drucker afirma: “Cuanto más transnacional llegue a ser el mundo, más tribal también será”. Y ello lo deben comprender y asimilar los gobiernos del viejo estado-nación para adaptar sus políticas a la nueva realidad. Ya que tal vez sea esa la única forma de que se genere progreso y riqueza.

Más información:

http://www.lavanguardia.com/economia/20180603/444025945499/dani-rodrik-populismo-cercle-economia.html

Peter F. Drucker. “Post-capitalist Society”. (1993). HarperCollins Publishers.

Jean Bodin (1529-1596). “Los seis libros de la República”. Edita Tecnos (2006).