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Yo no enseño a mis alumnos, sólo les proporciono las condiciones en las que puedan aprender.
Albert Einstein (1879-1955).

En el año 2005 la generación Z (los nacidos después de 1995) ya habían cumplido los diez años y en el 2025 tendrán alrededor de 35. Pero a partir del 2020 desempeñarán un papel relevante en las empresas de todo el mundo. La llamada generación de Internet se caracteriza con frecuencia por su conectividad. Es la primera generación del siglo XXI.

Dicen que esta generación crece con unos factores clave que definirán su papel como profesionales: la tecnología, la crisis económica, los nuevos modelos de crecimiento y los nuevos métodos de aprendizaje. Es una generación permanentemente conectada, que son autónomos en su aprendizaje, que buscará nuevas formas de hacer las cosas a través de la tecnología y de los contenidos que comparten. Para ellos la información ya no representa el poder sino que lo más importante es compartirla.

Es una generación que primará antes al trabajo que le guste que a la seguridad y la estabilidad. A esta generación les motiva que las empresas creen escenarios que ofrezcan oportunidad de emprender. Están acostumbrados a formar parte de las decisiones que se toman en su entorno. No tienen aversión a trabajar por proyectos.

Es fácil observar que con estas premisas las empresas deberán adecuar sus estrategias a esas nuevas incorporaciones al mercado laboral e intentar “cazar” y retener el talento que aportaran.

Si todo esto es así, y parece que la tendencia lo corrobora, entonces ¿bajo qué perspectivas, con qué metodologías, debemos formar a nuestros alumnos de hoy para satisfacer sus necesidades del mañana y, por supuesto, las necesidades de la sociedad futura? ¿Sirven los contenidos y metodologías educativas del Siglo XX?

Y ello me lleva a la pregunta inicial: ¿tiene nuestra sociedad, nuestro país, la estrategia educativa adecuada?

 

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El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás.
Herbert Spencer (1820-1903) Escritor británico.
El siete es un número muy recurrente en la cultura (siete días de la semana, siete colores del arco iris, siete pecados capitales, siete notas musicales, siete sacramentos, los siete arcángeles, los siete brazos del Menorá o ……. los siete libros de Harry Potter). En la Biblia el número siete es considerado como el número perfecto.  En numerología el siete es considerado signo del pensamiento, de la espiritualidad, la conciencia, la sabiduría.
Sin embargo todas esas virtudes del número siete se ven empañadas por la séptima reforma educativa que, ahora aprobada con los únicos votos del  Partido Popular, va a regir durante los próximo cursos en España. Siete reformas educativas en los escasos treinta años de democracia parlamentaria en el Estado español. Y ¿con qué resultados?
Los datos nos los indican. En el Informe PISA para adultos (población entre los 16 y los 65 años) publicado en Octubre de 2013, España es el penúltimo estado en “Comprensión lectora” con una puntuación de 252 superando sólo a Italia (250) frente a una media de la OCDE de 273 y una máxima de Japón de 296. En cuanto a “Matemáticas” la situación empeora pues España ocupa el último lugar con una puntuación de 246 frente a una media de la OCDE de 269 y una máxima de Japón de 288. Y si atendemos a los datos del Informe PISA del 2009 para los adolescentes de 15 años, la percepción no mejora en absoluto dado que se continua estando muy por debajo de la media de la OCDE y muy lejos de los estados líderes.
¿Qué lectura se puede hacer de estas situaciones? Pues que, en primer lugar, las distintas reformas educativas se han guiado por la miopía partidista en lugar de guiarse por la visión estratégica de futuro para diseñar el marco en el que se pudiera desarrollar un sistema educativo que posicionara a España en los lugares de liderazgo. Y una segunda lectura indica que algunas de esas reformas han tenido un objetivo de “café para todos” con el resultado de una clarísima devaluación de la calidad de la enseñanza y de las titulaciones, mientras que otras (como la presente reforma Wert, la LOMCE) han tenido un objetivo más represor y uniformizante que contribuyente al crecimiento de la sociedad.
En cualquier caso los (decepcionantes) resultados está ahí. Esos políticos de tres al cuarto que deambulan por La Moncloa y por los Nuevos Ministerios bien harían en atender a ese aviso a navegantes que emiten los Informes PISA si es que realmente quieren que esa su España forme parte de los primeros puestos del grupo de  países desarrollados.

Emprender: (del latín in, en, y prendere, coger) Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro.

Emprendedor: Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas.

Real Academia de la Lengua.

Me ha sorprendido leer recientemente en las redes sociales alguna que otra manifestación de un ilustre profesor, de una respetada Universidad catalana, incentivando la emprendeduria que imite a los Mark Zuckerberg, de Facebook, a los Larry Page y Sergey Brin, de Google, a los Jack Dorsey, de Twitter. Y porque no, añado, a los Pep Vallés, de Olé (Ordenamiento de Links Especializados). Por cierto ¿alguien se acuerda de él? Pues fue el que protagonizó el primer gran “pelotazo” made in Spain de la industria tecnológica española allá por la época de la techno bubble.

Pues bien, a pesar de que no comparto esa incentivación con, en mi opinión, un objetivo claramente equivocado, bienvenida sea el ansia de emprender. Sin embargo rompo una lanza a favor de todos aquellos empleados, asalariados y profesionales por cuenta ajena que con su actitud emprendedora, innovadora, colaborativa, participativa, cooperadora, han contribuido y están contribuyendo al crecimiento de nuestras empresas, al crecimiento de nuestra economía, en definitiva al crecimiento de nuestra sociedad. Vaya por todos ellos este humilde reconocimiento de alguien que los ha visto, y los ve, realizar a diario sus aportaciones en sus empresas,  generando valor para la causa común y demasiado a menudo desde el anonimato. Y es que ciertamente, emprender es una actitud.

Disculpen pero alguien debía decirlo !!!


Ninguna empresa se encuentra completamente exenta de riesgo. El riesgo aparece desde el instante mismo en el que el emprendedor decide materializar una idea de negocio y no desaparece hasta el final de la empresa.

George Westerman & Richard Hunter

(Prólogo del libro “IT Risks: Turning Business Threats into Competitive Advantage)

El riesgo se puede definir como la combinación de la probabilidad de ocurrencia de un suceso y sus consecuencias o impacto provocado. Es claro que en cualquier empresa existe un potencial de sucesos y consecuencias que pueden constituir oportunidades (lado positivo) o amenazas para el éxito (lado negativo).  Así pues, el riesgo es un elemento aleatorio con una cierta probabilidad de ocurrencia que, de producirse, puede tener un impacto negativo en la organización. Por lo que el riesgo se compone de tres elementos básicos: el escenario, su probabilidad de ocurrencia y el tamaño del impacto si ello sucede.

Una oportunidad es también un elemento aleatorio que en el caso de ocurrencia puede tener un impacto positivo en los objetivos de la organización. Luego la oportunidad se compone de los mismos tres elementos que el riesgo. Desde el punto de vista de seguridad, se suele admitir que las consecuencias son sólo negativas, por lo que la gestión de riesgos se centra en la prevención y mitigación del daño.

Los riesgos a los que se enfrenta una empresa y sus operaciones son el resultado de factores tanto internos como externos a la empresa y los podemos agrupar según los distintos ámbitos en los que la empresa se mueve. Es decir, si tomamos por ejemplo el ámbito financiero encontraremos factores externos (tipos de interés, tipos de cambio, crédito, etc.) y factores internos como lo es la  liquidez. En el ámbito de la estrategia, la competencia, los cambios en la industria o los cambios en los clientes se encuentran entre los factores externos. Mientras que nuestro capital intelectual o las decisiones en I+D representan factores internos. De la misma forma, en el ámbito operativo nos encontraremos con factores externos como la regulación a la que estemos sometidos o factores internos como la cadena de suministros o los sistemas de información.

Todo ello hace prever que la gestión de riesgos deberá ser componente importante de la gestión estratégica de cualquier organización. Representará el proceso por el que la empresa trata los riesgos relacionados con sus actividades, con el fin de obtener un beneficio sostenido en cada una de ellas así como en el conjunto de todas ellas.

La gestión de riesgos debe ser un proceso dinámico, continuo y en constante desarrollo que se lleve a cabo en la formulación y en la aplicación de la estrategia empresarial. Esa gestión debe tratar de forma metódica todos los riesgos que rodeen las actividades pasadas, presentes y, sobre todo, las futuras de la empresa. Dado que el entorno en el que la empresa se mueve está sometido a un cambio continuo.

La gestión de riesgos debe estar integrada en la cultura de la empresa con una política y un programa impulsados y dirigidos desde el más alto nivel. Se trata de convertir la estrategia en objetivos tácticos y operacionales, asignando responsabilidades a todos los niveles siendo cada miembro el responsable de la gestión de riesgos de su parcela de trabajo. El riesgo y su gestión deben entrar a formar parte del lenguaje, del léxico, de la comunicación dentro de la empresa.