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Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

(Albert Einstein)

En la madrugada del día 22 de febrero del 2015, en Barcelona, un individuo veinteañero que según parece atiende al nombre de Mario García Montealegre propina una patada por detrás a una mujer que esperaba un taxi en una céntrica avenida de la ciudad y a continuación sale corriendo. Dicho individuo, residente en Talavera de la Reina (provincia: Toledo; región: Castilla la Mancha; estado: la llamada España) en la culminación de su estado etílico según él mismo comenta, realizó una apuesta con un compinche sobre su capacidad de realizar tan sublime acto. Es de notar el componente misógino del hecho: ¿porqué a una mujer y no a un varón? ¿probablemente para no salir malparado? Cuentan además que el tal Mario García Montealegre pertenece a una familia pudiente y que su padre es un reconocido empresario en el lugar donde residen.

El hecho, por deleznable, no merece ni un nanosegundo más de mi atención. Ahora bien, otra cosa es el análisis del comportamiento de alguien del que en un principio nada semejante podría esperarse. Y ello nos lleva a preguntarnos: ¿Qué clase de educación recibió el individuo en cuestión? ¿Fue educado en los valores del respeto a los demás? ¿En qué clase de mundo cree ese individuo que está viviendo? ¿Cree que vive en un mundo en el que una simple apuesta es motivo para agredir a una persona? ¿Está confundiendo su mundo con un videojuego en el que la acción más estúpida cae en el anonimato? ¿En su familia existe el respeto hacia los demás? ¿En su familia se respetan los más elementales valores que configuran la convivencia social? ¿En su familia se educa en el dar la cara, en no ocultarse, en el reconocimiento de los errores, en la disculpa pública ante actos semejantes?

Sea como sea está claro que la EDUCACIÓN (con mayúsculas y en el más amplio de sus sentidos) nada tiene que ver con la estirpe, la procedencia o la clase social a la que se pertenezca. Y también está muy claro que como sociedad nos estamos equivocando, una vez más, con el sistema educativo. Permitiendo que esos sucesos, y por supuesto muchos otros, lleguen a producirse.

Individuos como esos se olvidan de que actos como el que nos ocupa les puede marcar su vida, les puede marcar su futuro. Dado que productos de la tecnología se han convertido en la gran memoria de las sociedades. Me pregunto cual sería mi reacción si mañana, en mi empresa, recibiera su curriculum optando a un puesto de trabajo.

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(Fuente: diario “La Vanguardia”, ediciones de 3,4,5,7 de Marzo de 2015)