Archivos para el mes de: junio, 2012

El progreso consiste en el cambio.

(Miguel de Unamuno)

Nuestras empresas se hayan inmersas en un entorno que no podemos obviar. Podemos hablar hasta la saciedad de las necesidades de nuestras empresas, hasta podemos llegar a la reivindicación, pero no podemos olvidar la coyuntura en la que nos movemos. Y ésta es altamente ineficiente, cosa que constatamos en cada paso que iniciamos y en cada gestión que hacemos.

Además de tratar de ser cada día más innovadores en nuestros productos y servicios, de buscar nuevas formas de fidelizar a nuestros clientes y satisfacer sus necesidades y cumplir con sus expectativas, de luchar por mantener nuestra cuota de mercado, nos vemos obligados también a luchar contra unas estructuras administrativas arcaicas, lentas, con duplicidades.

En los últimos decenios se han ido creando en España nuevas capas administrativas, las unas sobre las otras y todas ellas sobre las viejas estructuras del antiguo régimen dictatorial. Todo ello sumando capas de burocracia sin ningún criterio de búsqueda de eficiencia o de racionalización de la Administración, creando una tupida red en la que difícilmente se aprecia la aportación de valor o la voluntad de servicio al progreso de la sociedad.

Tal vez ha llegado el momento de demoler esas estructuras, de reinventarlas y hacer que descubran que su razón de ser no es la de dar cobijo al pago de favores recibidos o a los correligionarios de partido, sino que su misión es la de colaborar y facilitar la creación de riqueza y el crecimiento de la sociedad a la que sirven. En otras palabras, su única misión debe ser la de transformar la economía administrativa en economía productiva.

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¡Dios qué buen vasallo si oviesse buen señor!

Cantar de mio Cid

Resumo a continuación parte de un excelente artículo, que suscribo en su totalidad, publicado por el profesor Alfredo Pastor (La Vanguardia, 3 de junio de 2012).

“Es verdad que no hemos tenido mucha suerte con  nuestros “señores”; sin ir más lejos, aquellos que durante la última década han tenido la posibilidad, y también la obligación de conducir los asuntos de Estado con buen criterio y prudencia, no han estado a la altura de las circunstancias.

El partido (político), oscura organización a la sombra de la democracia, sin obligación de rendir cuentas a nadie será el que evalúe al neófito, le promocione, le castigue, sin apelación posible, o le premie. Lo malo es que los premios salen de las instituciones del Estado, y hasta en ocasiones de algunas organizaciones privadas, y este vicio se encuentra en el origen de la situación que ahora vivimos.

El gran mal no es que los agraciados no tengan méritos suficientes para el cargo, sino que estos méritos no han sido el principal criterio de selección. Esta práctica ha contribuido al desprestigio de nuestras instituciones y no es de extrañar que, en tiempos difíciles como los actuales, sus responsables no hayan estado a la altura y que, por lo tanto, estemos desamparados ante la mirada de nuestros socios y creditores.

Estas instituciones son una vía indispensable para la práctica de la ciudadanía en sociedades como la nuestra, y cualquiera de nosotros puede, y debe, exigir cuentas, cosa que no es posible ni con la mafia, ni con los caciques …, ni con los partidos políticos. Este compromiso incluye la obligación de contribuir con vigilancia que a estas instituciones accedan aquellos que mejor puedan ejercer su función, provengan de donde provengan, porque es necesario tener presente que, con instituciones bien gobernadas, aquí y fuera de aquí, no estaríamos donde estamos.

Pensemos en los partidos (la clase política) y en las instituciones (Administraciones, Empresas Públicas, Fundaciones, Entidades de Ahorro, etc.) y si, como parece no hay “señores” a la altura, dejemos de comportarnos como vasallos i convirtámonos en ciudadanos libres.”